
Se expresa en el diccionario de la Real Academia, en una de sus acepciones religiosas, que infierno es el lugar donde los condenados sufren, después de la muerte, castigo eterno.
El polaco Juan Pablo II, muerto hace dos años, corrigió el concepto tradicional del catolicismo sobre el infierno. Lo hizo en el verano de 1999. “El cielo“, dijo entonces el pontífice polaco, no es “un lugar físico entre las nubes“. El infierno tampoco es “un lugar”, sino “la situación de quien se aparta de Dios”.
Ahora llega Benedicto XVI y vuelve a la lucha ideológica contra el pluralismo moral y la modernidad, e incluye el infierno, con mayúsculas. “El infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno“, ha dicho el Pontífice romano.
Esta revisión de “mapas”, algunos la han definido como “revisión cartográfica” ha llevado, no obstante, al cierre del limbo. ¿Se abrirá de nuevo? ¿Se eliminarán su entradas religiosas en el diccionario?
Se ha tapiado esa tercera clase de cavidad distinta del cielo y el infierno, en el que las almas cándidas, además de estar privadas de gloria, sufrían la condenación de la ausencia de quienes habían tenido la fortuna de salvarse: padres, hermanos y demás familia. La doctrina tridentina incentivaba con tales argumentos el bautismo rápido de los recién nacidos.
Desde luego, el que no se consuela…
Bueno, ustedes sabrán si se quejan con su cura párroco, si le envían anónimos al Nuncio de Su Santidad o si buscan apoyo en alguna logia rosacruz, gnóstica o metafísica…

