Playa de El Palo en Málaga. Día familiar en la playa anexa a uno de los lugares que suelo visitar con frecuencia: El Tintero.
Quien ha visitado este restaurante sabe que es un lugar peculiar. Decenas de camareros que pregonan, mientras portan, los productos que se ofrecen: gambas, gambones, calamares, huevas, espetos, ensaladas, verduras, arroces…
Y centenares de personas que alzan sus brazos solicitando alguno de los productos que se pregonan. Productos fresquísimos que se preparan, a la vista de todos, en inmensos fogones y barbacoas. Al final, la voz que pregona “y yo cobro” contabiliza los platos y hace la cuenta. Antes, el suelo del restaurante era la misma arena de la playa, ahora es cemento. La picaresca de la clientela así lo ha propiciado. Aprovechando el descuido de los camareros, muchos clientes enterraban los platos en la arena una vez consumido el producto, claro está.
Enfrente, apenas a 50 metros, el mar. La brisa lo envuelve todo y el frescor se agradece sobremanera.

Pues bien, en unas de mis incursiones en el mar sentí como si cortaran con una cuchilla en el tobillo. En cuestión de segundos el tobillo enrojeció, se inflamó y el picor era insoportable. Una medusa me había rozado.
El tratamiento se llevó a cabo en el puesto de socorro de la playa, apenas a unos metros, y consistió, en primer lugar, en el lavado de la zona lesionada con agua salada para eliminar los tentáculos de la medusa. A continuación, me pusieron una compresa de agua fría con amoniaco para aliviar el escozor y picor de la zona. Me vendaron el pie y me rogaron que lo tuviera vendado durante media hora. Si aparecían síntomas alérgicos debía ir al hospital.
Di mi nombre y procedencia para la planilla diaria y se me adjudicó la picadura número 22 del día en ese puesto. Eran las 15′00 horas.





