Este es el extraño título del último libro de mi paisano Antonio J. Durán. Conozco a Antonio J. desde su niñez, la relación de su familia y la mía ha sido muy, pero que muy intensa. Recuerdo con cariño a ese niño más pequeño que se sentaba a mi lado para ver la televisión, la televisión de su casa. Una casa a la que íbamos mi familia para disfrutar de una de las pocas televisiones existentes en aquellos años.
Pero, no es mi intención evocar tiempos pasados. Lo que pretendo es manifestar el enorme placer y emoción que me está produciendo leer el libro cuyo título encabeza esta entrada.
No pude estar en la presentación del libro en el IES Aguilar y Eslava de
Cabra. Estaba invitado, pero no pudo ser. El libro fue tema de larga conversación, dos días después, con Salvador Guzmán. Y al día siguiente de tan fructífera charla lo adquirí en una librería egabrense. Ya, en la misma librería, me informaron de ciertas desavenencias con su lectura por parte de determinados lectores y lectoras. ¡Vaya tela!
Pues bien, hace mucho tiempo que no disfrutaba más con la lectura. Papel y lápiz a mi lado, compás y reglas, matemáticas, historia bella y profunda, mitología, prudencia y pasión (Apolo y Dionisos), la tabilla Plimpton 322, la condición humana… Es apelar a entender lo que con los sentidos no basta. Es descubrir los secretos que se ocultan en los objetos o sistemas de objetos que se rigen por un cierto patrón de comportamiento.
Apenas he traspasado el secreto de Hipaso, apenas me he adentrado en qué son las matemáticas y la pasión me embarga página tras página. Ciencia y literatura no son antagónicas y pueden tener un nexo de unión preciso: las Matemáticas. Eso también lo demuestra Antonio J. Durán con su obra.
“Ninguna otra creación humana es tan hija de nuestra capacidad mental como las matemáticas” (Antonio J. Durán).
Continuará…